Querida Ingrid,
Aunque mi trabajo actual consume casi la totalidad de mi tiempo, quiero aprovechar este resquicio de vida para comunicarme contigo. Acabo de ver tu intervención como premiada en los Principe de Asturias de este año. He de decir, que tu humanidad me ha sorprendido y emocionado.
A lo largo de la historia, ha habido gente tocada por dones especiales que nos han descubierto una realidad distinta, un mundo mejor. Tu eres una de esas personas y tu mayor don, aunque hayas sido premiada por la concordia, es tu luz. Desconozco al detalle tu historia personal, más allá de los recuerdos de informativos esporádicos que flotan en la memoria de cualquier persona de éste país. No puedo siquiera imaginarme las penurias, fatigas y desamparos que pueden sufrirse durante un secuestro, y menos aún, en una selva. Pero después de oirte hablar, ver la tremenda luz que irradias y como iluminas nuestras conciencias y nuestros corazones, por unos instantes quisiera pasar por tu calvario: no hay infierno lo suficientemente duro, si a cambio obtengo semejante tesoro.
Me gustaría hacerte una petición terriblemente dura y egoísta:
Usa tu posición privilegiada, foco de las miradas y oídos del mundo entero para entregarnos a todos un poco más, mucho más, de esa luz que tanto necesitamos. Este planeta, la humanidad, atraviesa una etapa difícil de incertidumbre y cambio. Nosotros, todos nosotros, necesitamos de tu esperanza. Porque tú, nos hacemos sentir que la humanidad puede ser mejor, nos das argumentos para creer en el cambio.